[D] Sobre el Trap. 17 de enero 2018

Aclaración:

Empezaré a publicar bajo el clasificador [D] en el título de la entrada para designar un texto que corresponde a un fragmento de mi diario.

***

Sentir esperanza es raro. Durante tanto tiempo me sentí ahogado en un aire denso, en un aire líquido en el que intentar respirar, termina en cerrar los ojos para dormir un sueño eterno. Este se apoderaba de mí mismo, yo mismo me convertía en noche, en frío y en soledad. Hoy, siento una esperanza solitaria y fría, y quizás, oscura. Hoy yo mismo me convenzo de que la oscuridad es un bálsamo suave. Hoy siento una esperanza con sabor a mango, guayaba y limón. Hoy siento que el amarillo me envuelve con suaves susurros de cuna. Hoy, me siento bien.

Hoy mientras me bañaba pensé en el año pasado —medir el pasar del tiempo por su temporalidad me parece algo demasiado humano. Ojalá algún día me desentendiera completamente de los ciclos temporales que conozco, y me abandonará al mío propio: uno en el que los días son enfermedades, los años nostalgias, y los siglos, un jugo de guayaba—. Pensé en cómo mi padre podría considerar mi vida y en cómo creí —viéndome a mí mismo como mi padre— haber perdido el tiempo.

Pensarme como mi padre, es juzgarme a mí mismo bajo los estándares de lo-que-hay-que-hacer-en-la-vida. En conseguir un trabajo, en realizarse como persona, en fin, lo que todo padre, a pesar de ser un gran progre quiere de sus hijos. Me sirve a veces verme así para reírme de mí mismo, y de las generaciones.

El hecho, me pensé así. A la mirada-de-padre el 2018 fue un pésimo año, lo único positivo a esta mirada fue tal vez haber entrado a la maestría en Filosofía. Tal vez fue lo único positivo; de resto, no hice nada. nada. Esta mirada lo ve así: vagué como nunca, fumé como nunca, bebí como nunca, escuché música como nunca, salí como nunca.

Ignorando la mirada-del-padre, prefiero ver el 2018 como un año diferente a los que ya había tenido —aunque no son muchos, a decir verdad—. Después de pasarme el jabón por entre las nalgas y los sobacos, llegué a la conclusión que he definido el 2018 como el año del Trap.

Hablaré de ‘este año’ como si hiciera referencia al 2018. Dicho esto, este año conocí el trap. Un género —aunque yo no me atrevería a llamarlo género— triste y desdichado con letras y ritmos igualmente malos; pero me encantaba. Lo disfruté (y lo disfruto todavía) tanto que pasé días enteros escuchándolo. En el camino, desarrollé un oído afinado para los sonidos traperos, empecé a entender qué era trap y qué era una imitación barata, entendí la importancia de los bajos, del autotune, de la batería, de la producción, del mumble. Descubrí que aunque haya raperos que canten sobre beats traperos, eso no hace a la canción como una de trap. En fin. Entendí una cantidad de información estúpida y coctelera sobre una clase de música que es una chimba. Porque eso es: ¡UNA CHIMBA!

Me convertí en un conocedor del trap. No había álbum recién lanzado que no escuchara de mis traperos favoritos. Hice una lista de reproducción en espotifái llamada Trap de Puteadero y cuya portada de álbum es un fotograma de Los Siete Samuráis de Kurosawa. Fotograma que pertenece a una de mis escenas favoritas de esa película: cuando se quema el molino. Las casas quemándose son un hito en el cine: Bergman, Tarkovsky, y otros miles después de ellos. ¿Qué tienen las casas en llamas aparte de su inherente poetismo? Bueno, yo creo que hay imágenes intrinsecamente poéticas; es como la escena final de Dunkirk de Nolan, en la que se está quemando la avioneta esa. La escena es perfecta: la luz, las llamas, el encuadre, la composición general, la escena es en sí misma excelente. ¿Pero y qué? Me parece que así como Dunkirk es una película cuya finalidad es deleitar el sentido humano por lo bello, donde no hay más allá de su belleza; así hay otras películas tristes cuya belleza exuberante me deslumbran. En fin.

Entendí que mi gusto por el trap indicaba, entre otras cosas, una gran época de cambio, de descubrimiento y de —malditos hermeneutas y su hermetismo lingüístico— ampliación del horizonte de sentido. Confieso que dejé atrás esa arrogancia inútil del seudofilósofo que cree que conocer. Dejé atrás mi propio hermetismo y decidí disponerme a entender a mi modo la realidad, y sobre todo, a considerar a los demás como personas con sentido e igualmente valiosas en sus ideas y formas de existir, cualquiera que sea. Justo como me pasó con el trap. El puratismo es una mierda, me cagó en los puritanos. ¿Qué tal el 2019 sea el año del perreo?

Esta disposición trapera repercutió la forma en la que me relacionaba con la realidad, mi entorno, en fin. La cosa más jipi del mundo.

De otras formas, empecé un hermetismo más maduro. Más solitario y aceptativo, más oscuro y caliente. Hace algún tiempo hice una entrada (en Hijueputavida, otro blog que tengo) sobre la soledadAllí decía que me costaba acostumbrarme a ella, pero que no podía abandonarla pues hacía parte de mí mismo. Me atrevo a decir que ese texto ya no tiene vigencia, la soledad ya no es si quiera un problema en el cual pensar; ya me senté tanto en la silla que mis nalgas tomaron la forma de la silla: encajan perfectas una a la otra.

Este año, para resumir este texto triste, me dejó un conocimiento de mí mismo que considero más valioso que toda idea o sistema filosófico, a saber que yo no soy, al contrario de esto yo solo estoy. Y entendí todo esto gracias al Trap. Gracias Trap :P…Y bueno, a Heidegger también, pero esto será para después cuando termine de entender Ser y Tiempo

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